Toda historia tiene un lado B

Cuando era chica el foco de atención brillaba sobre mí, era el personaje principal de mi historia. Cuando cumplí 6, el foco se amplió, dándole paso a la llegada de mi hermana. A mis 8 años, ese mismo foco, que tanto me iluminaba, decidió que todavía quedaba un personaje más e introdujo a mi hermano. Todo cambió de manera abrupta a mis 9 años, el tablero de luz que tanto nos iluminaba a los tres, bajó dos fichas y dejó solo una prendida. Era un corte necesario, lo entendía, pero aún así dolía. Mi hermana se había enfermado y toda esa energía tenía que ser depositada en ella. El problema está y siempre estuvo en ese corte prolongado, quemó ciertos artefactos. Otros, con esfuerzo lograron encenderse, pero aún siguen produciendo cortos.

Cómo dice Queen, show must go on. Ese modo de vivir que en ciertos momentos nos impone la sociedad, quedó trunco y sin patas para correr en aquel escenario. ¿Qué pasa cuando prendés las luces y los personajes todavía no están listos? ¿Qué sucede cuando forzamos esa felicidad? ¿Qué ocurre cuando no vemos el lado B de los sucesos que moldean nuestra experiencia?.

La soledad no pide permiso, simplemente abre la puerta y se instala. Su presencia hace que los espacios que habita el ser humano queden vacíos, aumenta el ruido del silencio y proporciona un gran sentimiento de abandono. Sentimiento que se instala como una garrapata, se pega y succiona todo lo que uno tiene para dar.

En las películas, casi de manera sincrónica, este sentimiento siempre se muestra retratado a través de música melancólica, lluvia, una cama y un llanto. Pero no siempre es exactamente eso. Quizás alguna vez notaron que rara vez estas escenas son narradas a través de personajes pequeños. ¿Qué pasa con ellos? ¿Cómo vive un niño la soledad?.

En los niños, el abandono es tramposo ya que puede habitar sin ser percibido. Más cuando este es nada más que una criatura inocente y hasta a veces inconsciente. Tomando provecho de este panorama, la soledad se camufla como camaleón. La inocencia misma la esconde, porque la realidad y lo que ocurre fuera, en el mundo exterior, es un monstruo muy grande y tenebroso.

La añoranza de un niño que queda solo en su casa, mientras su familia pelea una batalla tan importante como la de una enfermedad terminal, tiene distintos tiempos y niveles. Algo así como la película Inception de Christopher Nolan. Es como la histórica batalla entre los persas y los griegos. Durante el combate el chiquito forma su guardia, se equipa para el avance de sus miedos, tristezas y enojos, pero sabe que todavía no está en posición de comenzar un enfrentamiento, aunque muchas veces lo desee. Ese foco de atención no le pertenece. Pero cuando todo termina, la retaguardia cae y ese niño sufre diversos daños colaterales del proceso vivido.

Generalmente la soledad en los más chicos se vincula o piensa como un problema en el proceso de socialización. Pero este no es el caso a analizar. Esta soledad es distinta, hasta esta misma categoría sufre personalmente un abandono. Es la soledad que sufre el hermano de alguien que pelea contra el cáncer.

Nadie puede prepararse para la enfermedad de un niño, por esto su llegada es fuerte y destructora, se lleva todas las energías que habitan en el ambiente para depositarlas en aquel pequeño. No quiero ser malinterpretada, no me parece mal, simplemente como todo en la vida, hay un lado B. Este lado son los hermanos, me gusta llamarlos, los grandes olvidados dentro de esta historia. Los personajes secundarios.

La enfermedad cae como bomba nuclear sobre la casa, separa y daña todo lo construido hasta el momento. El olvido entra como un soplo por todas las puertas y ventanas. Los espacios que solían estar habitados de felicidad, brillan por su ausencia. La rutina cambia y cobra otra dimensión. El niño, desamparado, se rige bajo sus propias reglas. Nadie lo cuida, nadie le impone exigencias ni límites. No hay tiempo para él. A los golpes y de sopetón va creciendo dentro de su nueva e impuesta realidad. Nunca comulgué con la frase  “todo tiempo pasado fue mejor”, creo que ahora entiendo porqué.

Este olvido peligroso, genera una cascada de emociones difíciles de controlar y canalizar dada la edad de quien las transita. En esa etapa de la vida queda mucho por recorrer y aprender para poder entender de manera sana lo que sucede en el contexto. Los sentimientos negativos caen de a poco y rebalsan como un balde debajo de una gotera en plena tormenta. Esto tiende a desencadenar el peor desenlace de emociones, abriendo el florecimiento del rencor, el enojo y la angustia y, a veces, el odio pasajero.

Mi obra, mi cuento, mi capítulo duró 3 años. Durante todo este proceso, solo una vez pude visitar a mi hermana que vivía en el hospital. Ese día logré entender una parte minúscula de todo lo que me rodeaba en esos diez cortos años de edad. Esos tres años, en ese momento parecieron días. Hoy mirando hacia atrás y con una gran lágrima, puedo decir que fue eterno. Quede suspendida en aquel momento.

Es la primera vez en nueve años que puedo ver y escribir sobre los daños que esto causó en mí. El abandono que sufre el hermano que queda relegado es muy fuerte y peligroso, es importante poder visualizarlo y tratarlo. Lo más fuerte sucede cuando la tormenta pasa. Es allí cuando los padres, colmados de felicidad, sin pedir permiso deciden subir el telón para comenzar un nuevo acto. Pero los niños secundarios en esta historia aún siguen cargando una sentimiento de soledad muy grande. No se puede pretender la perfección después de tanta revolución. Al corto o largo plazo esta se hace oír. Hoy, mi soledad se hace presente a través de estas líneas.

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